2010/03/16

De Cómo Me Hice Caminante y Acabé en el Planeta Arreit

Durante muchas noches estuve soñando con conocer nuevos mundos. Supongo que Machado y Mi Madre habían tenido, en parte, la culpa de ello. Entre sueños me despertaba por  la intranquilidad de saberme estar en lugares que eran demasiado buenos. Mi cuerpo se revolvía a causa de la velocidad a la que lo hacía viajar mi cerebro. En lo confortable de la cama, inmovil, incómodo se debía sentir por querer verse impulsado a viajar o a morir en el intento. Desde luego, si eternamente hubiera seguido soñando sin hacer nada, hubiera perecido sin intentarlo y si hubiera andado sin sueños, no habría llegado a vivir.

Anduve meses preguntando a diversas personas, algunas viejas conocidas, cómplices en mis deseos, otras completas desconocidas; personas de todos los tipos, translúcidas, opacas, soñadoras, temerosas. Todas ellas me aportaban sus puntos de vista que valoraba y encajaba en lo enmarañado de aquel puzzle de ideas que exparcían los caminos. Eran caminos múltiples, hermosos, soñados y de ensueño. De todos los colores, texturas y destellos. Había caminos mágicos, pragmáticos e, incluso, tétricos. Los había, para todos los gustos y en todas direcciones, algunos cortos y sencillos, otros largos y, casi todos ellos, aburridos. Los había con curvas, rectos, llanos y con montecillos. Había caminos en solitario, caminos con gentes, caminos en sociedades y los que aparecen en los librillos.

Finalmente, sabiendo de labios de mi madre que cada cual era capaz de hacer lo que quisiese siempre que creyese y pusiese empeño en ello y, haciendo caso a Machado que ella me sugirió leer, decidí que, fuera parte de los caminos que tenían todos esos maestros en sus librillos yo habría de hacerme el mio. Así que preguntando e intercambiando opiniones, llegue a tener conocimientos suficientes como para poder aventurarme en el espacio exterior: logré ser el sueño de cualquiera de mis compañeras de colegio: Creo que yo también fui una astronauta. Probablemente la primera astronauta que logró llegar a un universo paralelo, dentro del Multiverso, a bordo de una Burbuja Espacial.

Mi burbuja espacial era transparente, lo que me permitía ver nítido el camino. Camino que por desconocimiento de éste, se les olvidó hacer, teniendo que abrirme paso entre planetas, asteroides, agujeros negros y "gamusinos". Haciendolo a mi paso, andando, y sin determinar mi destino. Era una burbuja y como burbuja que era: de forma esférica, cálidad, cómoda y rodante. Una esfera confeccionada a medida, para pasar andando, sin ser visto. Una esfera de protección autónoma que en mi educación familiar, ella, mi familia, confeccionó para mí y, más concretamente, para la andadura del sin-camino. Creo que llegué porque, muy sabias las que me rodeaban, jamás me dijeron que fuese imposible.

Así, andando sobre mi Burbuja, consciente de lo que dejaba atrás y de lo que iba pasando, pues lo conocía, pero sin tener muy claro lo que me aguardaba delante pues no había camino marcado, llegué a un planeta descnocido. Mi Burbuja Espacial se internó en una especie de atmosfera líquida de muy poca densidad que pasó cual rayo hacia su interior. Despues distintas capas líquidas de distintas densidades y colores sobre las que se movían criaturas aletadas que volaban sobre ellas. Mi Burbuja no se detuvo hasta impactar, de un modo un tanto suave, en una capa hídrica, parecida a nuestra Hidrosfera. Parecía haber llegado al final del camino.

En un principio anduve, rodando sobre esa superficie, dentro de mi esfera, calentita y protegida. Pero, en seguida fui consciente de lo mucho que me limitaba la burbuja, sobre todo al querer acceder a diferentes planos, espacios y escondirijos. Con lo que creí necesario, abrir la burbuja e internarme, no sin escafandra y oxigeno enlatado, en un nuevo fluido-camino. Por lo que mis ojos alcanzaban a ver, en mi alrededor, había plantas, animales, valles y montañas. No parecía tan diferente a las profundidades de los mares de la Tierra, con su fondo arenoso, lleno de vida, con multitud de luces de propio brillo.

Era un lugar de infinidad de colores, algunos similares a los que dejé atrás, otros completamente nuevos y significativos. Un planeta hermoso, diferente, en el que, sin haber oido hablar salvo a mis sueños, con los brazos abiertos fui recibida. Al parecer, esas criaturas que siendo del planeta Arreit se hacían llamar Arreitcolas y de las que tuve noticia por primera vez al llegar, sí que sabían de nuestra existencia. ¿Por qué, me pregunté, entonces en la Tierra no sabiamos nada de la suya? ¿Quienes eran? ¿Por qué vivían sumergidas?

Tendría que quedarme, descuibrirlo, porque ahora, aquello, era parte; no estaba segura si principio, linde o final; pero parte, de mi propio camino.

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