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2011/06/29

El Reto de una Profesora de Educación Física

En los tiempos que corren, en los que la escuela cada vez adquiere mayor responsabilidad educativa, tiene que integrar más areas de conocimiento, nuevas tecnologías, valores, adquisición de capacidades; tiempos en los que cada vez le restan desde los gobiernos más y más tiempo a la Educación Física. Tiempos en los que los recortes de personal y recursos afectan, directamente, a la labor docente de profesoras que parecen estar aisladas del resto de la sociedad, incomprendidas en su cansancio, en su responsabilidad, en los límites de su labor y la de las progenitoras de las que educan. En estos tiempos, todavía cabe preguntarse: 

¿Qué haceis las Profesoras de Educación Física?

Estudiando para las oposiciones, en un momento de estres en el que, después de 10 años, volví a calzarme las playeras y salí a correr creí entendeer cual es la función de las Profesoras de Educación Física.

Curriculos, Programaciones y Unidades Didácticas aparte; dejando a un lado contenidos, objetivos generales especificos y operativos y demás tecnicismos a un lado... cual era el valor real que podía añadir una profesora a la vida de sus alumnas preparandolas para tiempos que nadie ha vivido por ser aun futuros.

Correr es lo que tiene, vas más rápido que los que andan, y recordando juegos infantiles me di cuenta que el patrón común de ellos era algoq ue yo llevaba un par de años tratando de erradicar de mis clases...

Me imagino que todas, alguna vez, habremos jugado juegos de pulso, habremos echado carreras, habremos apostado "a ver quien levanta", "a ver quien lanza"... Bueno, el ejemplo que voy a utilizar es el que se me pasó a mi por la cabeza:

El juego de "mirarnos y quien cierre los ojos pierde". Dos personas que mantienen sus ojos abiertos y que cuando una de ellas cierra los ojos convierte a la otra automáticamente en ganadora. Resulta que había visto este juego el día anterior entre una madre y un niño, dejandole ganar al niño todas las veces. Resultaba motivante para el niño porque ganaba y en ello parecía tener el reconocimiento y el premio (un beso) de la madre.

Lo juegos mencionados anteriormente tienen esa misma característica, podemos perder por falta de desarrollo de alguna capacidad física básica o porque alguien nos deje ganar; pero sin embargo, quien pierde, salvo que lo haga de modo consciente (lo cual no es muy justo a mi entender porque tampoco permite al perdedor reconocer realmente los límites ni ampliar sus destrezas), tiene el doble castigo de perder y de verse limitado en sus propias capacidades. Teniendo en cuenta el valor en la sociedad actual del ganar, el doble castigo resulta un tanto traumático y, en cuanto a valores, no da valor salvo a la competitividad.

Por tanto, volviendo al "que cierre los ojos primero, pierde" y cambiando una sola cosa "quien cierre primero los ojos gana"; habremos cambiado sustancialmente el juego. Tiene el peligro de convertirse en aburrido, porque podemos convertirlo en un parpadeo no sabiendo ni quien gana ni quien pierde, lo cual ridiculizaría la idead e ganar o perder. Pero, tambien podemos verlo de otro modo, ambas personas se esfuerzan en mantener los ojos abiertos, intentan superar sus propios limites y, alguien, por la sequedad de sus ojos y la tension ocular, acaba cerrandolos primero. Pero no pasa nada, nada frustrante al menos, porque pese a que sus capacidades son menores ha ganado.

Desde la perspectiva social en la que estamos inmersas puede sonar un tanto absurdo y, habrá quien juzgue que así tampoco trataremos de superar nuestros limites y, por tanto, quedaría en la misma inoperancia que comentabamos en un principio. Pero, no es cierto del todo, puesto que en el campo de los valores acabamos de erradicar la competitividad, no importa ahora quien gana o pierde, importa la honestidad de tratar de tener los ojos abiertos más que la otra persona, pese a que se pierda; superando en cada "competición", en cada juego, nuestros propios límites. haciendo una evolución personal, sin estar preocupándonos todo el tiempo de que las personas que nos rodean sean mejores o peores. En ese valor, en la honestidad y reciprocidad de las condiciones cambiadas de la competición ordinaria, se halla el principio de la empatía y el afán de la superación propia, el respeto por los propios límites y, por tanto, el respeto a los límites de las demás.

Explicación resumida para la Cultura de Masas:

Si el Barça, trata de meter cuantos más goles mejor, hacer jugadas bonitas,de meter más goles aun a pesar de saber, que haciendolo pierde; gana el espectáculo en lo honroso del esfuerzo, en la falta de sentido de la picaresca. Pues si por picaresca metiese menos goles (se dejasen meter goles siendo mejores y pudiendolo evitar) pierde el apoyo social del arte de hacerlo bien. 

Conclusión:

El verdadero reto de la Profesora de E.F está en cambiar o crear nuevas mentalidades que den pie a desarrollar capacidades individuales y afán de superación propio, de modo que esas capacidades individuales sean transferibles y sumativas a las capacidades colectivas, sintiendo la persona que su valor está en la posibilidad de dar más al grupo valorando y reconociendo sus propias capacidades y limitaciones e intentando superarse para la superación conjunta; obviando por tanto el resultado, pues el fin es el medio.

En las clases de E.F, por tanto, el fin sería el juego que, a su vez, es el medio. Es un medio con fin en si mismo, el que da la posibilidad de mejorar individualmente a poco que cambiemos la perspectiva actual binomial de ganador/perdedor, que da lugar a comparativas y, por tanto, a escalas que siempre segregan a una parte, y siendo la cooparticipación y la autosuperación sin comparativa externa, la que prima. Y sin comparativa externa, superar los límites de cada una no reviste dificultad alguna, con lo que no crea frustración ninguna.

2011/04/18

Jugando al Escondite

Sé que he dejado algo en algún lugar, pero no sé exactamente dónde...

Sé que no abultaba mucho, por lo bien que se esconde...

Sé que la quería, y se corresponde...

Sé que te has escondido,

pero ¿dónde?

2011/04/06

Perdidas en Desiertos de Arena


Sentada me hallo con la mirada perdida en el infinito horizonte. Siento el abrasador calor de la arena en mis nalgas, el ardiente calor de esa brillante luz que está frente a mi en mi cara; siento el cosquilleo de la arena que, traída por una incesante brisa que me susurra, va cubriendo mis pies poco a poco. Es un desierto de arena fina, puedo sentirlo, pese a no verlo. La mirada no pierde su rumbo, siempre orientada, perdida inconsciente en el infinito.

Hacia el infinito fijamente orientada, se me vuelven borrosas el resto de las cosas. No están frente a mí claras, se ven completamente desenfocadas. Sin embargo, me ha parecido ver vida a mi alrededor, en forma de pequeños animales que obstaculizaban y molestaban mi atenta mirada perdida al infinito, que se posaban sobre mí sin que pudiese entender yo que tuviesen un claro propósito al hacerlo. He podido sentir el susurro de voces que acompañaban al arrullador ir y venir de la fina arena. Arena que mes a mes va cubriendo más mis pies y empieza ya con las piernas. A ratos, pese al tiempo, a mi alrededor siento que hay más personas.

Pese a no desatender mi acertada mirada al inalcanzable infinito sé que estoy en lo alto de una duna. Porque no es amarillo ni marrón lo que mirando no veo y sin verlo, miro. Por el momentáneo murmullo, casi como entre dientes, que me llega a ratos, sé que en lo alto de las demás dunas hay más, como yo, sentadas y orientadas; juntas pero sin vernos; cerca, pero sin hablarnos; comentando pero sin entendernos. Hay más, lo sé. Creo que lo sé porque alguna, juraría, en algún momento ha pasado a mi lado casi rozándome. Juraría, porque no me volví para comprobarlo, mi mirada no podía perder tan noble quehacer, no podía desatender el omnisciente infinito.

No sé el tiempo que llevo inmóvil, sin pestañear, sin mover un músculo, ni para beber, ni para comer, ni siquiera para quejarme a las de mi alrededor del horroroso calor que abrasa mi culo, ni por el cegador calor, brillante e incesante, que oscurece mis ojos alejándolos más y más de lo que no se halle más allá del horizonte, perdido. No sé el tiempo, pero empiezo a sentir que la arena ha logrado cubrir mis cruzadas piernas y las manos que sobre las rodillas descansaban. Empieza ahora a trepar mi torso.

Arena que me habla, imperceptible para mis oídos sordos. Estoy segura de que lo que me dice mientras me abraza resulta agradable, porque no hago nada por quitármela de encima, por volver a sentarme sobre ella. Dejo que, como nocturna amante que se cuela por debajo de las sabanas, se cuele ella por todos los rincones de mi desnudo cuerpo. Desnudo ha de estar porque no hay nada que impida a la arena de abrazarme, de cubrirme, caliente, fina y sedosa. Ni la seda más cara y codiciada, jamás, podría cubrir así a nadie.

El tiempo pasa. Mi dulce amante ya no quema la parte inferior de mi cuerpo, lo tiene amarrado, eternamente suyo. Se deleita ahora con mi cuello, con brisas ligeras y cambiantes que, por igual, reparten arena por todos lados. Sin inmutarme ni perder detalle de lo realmente importante, miro, siempre, al infinito: “ahí he de encontrar el sentido” me digo.

Únicamente cuando, sintiendo que ella busca besarme, de modo seco, áspero para mis labios, entiendo que por no moverme a tiempo el fin está cerca. Toneladas de arena pesan en mis hombros que ya no se sienten acariciados. Brisa que chirría en mis oídos cuando por fin se desentumecen ante la carencia de otros sentidos. Mi cuerpo, desposeído de fuerza, no puede ahora hacer frente a la inconsciencia que me había encadenado a mirar fijamente el brillar del infinito.

Por fin, consciente, me pregunto ¿dónde dejé mis libros que llenaban de árboles y animales mi interior en el que residía? Y ¿por qué le dí a esa brillante pantalla el poder de decidir mi destino? Antes de ser cubiertos por la arena, mis ojos consiguen enfocar algunas letras en el vacío: The End.

2011/03/24

A 100 Cuando Paso por tus Curvas

El ardor que siento al estar contigo
no lo encuentras en una acería,
cuando te veo enrojezco,
pero no por calor ni por tontería.

Cuando te monto
es porque siento que me llamas,
y es por deseo
que al verte me pongo en llamas.

Da lo mismo si recta o en curva,
la sonrisa que se me dibuja
porque en altos o bajos
ella siempre empuja.

Años atrás habría de haberte conocido,
pero sin cabeza no lo habría podido soportar.
Hubiera sido demasiado impulsivo,
y, sin detenernos, tú ardor me habría llegado a matar.

2011/02/16

El Rojizo Brillo del Despertar

Verlo rojizo en lo alto
me indicó el final de un oscuro día,
en el que pensando estuve
que era hora de aceptar lo que sentía.

El final de este atardecer,
es incierto, diferente del ayer.
Mas el mañana, al amanecer,
me dejará el luminoso brillo de tus ojos por ver.

No se si es para largo,
o si lo sería,
pero si me dieses la oportunidad,
no la desperdiciaría.

Hasta ahora negandome a amar
no he hecho mucho, aun sin dejar de disfrutar,
pero mañana, al despertar,
no dejaré tus labios sin besar.

Pude decirte, quizas entre sueños,
que amarte quería,
sin dudar que tu sentimiento
me correspondería.

Ahora he de ir,
sin rumbo fijo,
todo por definir,
y, esta vez sí, sin negarme a sentir.

* Algunos días empiezan a prosa, siguen a galope y farfullo, y acaban en poesía...

2011/02/13

Explícamelo tú, oh, amor...

Explícamelo tú, Amor, musa de las enamoradas, 
tú que das nombre a un sentimiento; 
explícame por qué queriendo ser tan sincero, 
resultas tan traicionero.

Por qué siendo la luz que guía los pasos de ellos, 
los llevas tantas veces a un desfiladero,
y, sin pena ni gloria, los asfixias con tus dedos.

Explícame por qué no me prestaste a quien amabas para amarla,
pero sí para darla un paseo.
Por qué no me dejaste ponerla a cien en la cama,
pero si a ciento ochenta sin ningún cabreo.


¿Por qué le permitiste subir en mi mortero?
Ahora languidece siendote fiel;
ahora, quien fue amor, tiene un gran "pero".

2010/11/24

La Sonriente y Muda Observadora

Soy una mera observadora en mi mudez desde mi rincón. Desde aquí la literatura, la música e incluso la conversación, pierden su caracter de arte, su valor cultural o su aspecto social. Adquieren otro significado.

Las personas que entran y salen a medida que las puertas se abren y cierran en cada estación, entran mudas, no se saludan ni se miran, tampoco se tocan salvo para propinarse algún codazo o empujón fortuito o intencionado por conseguir entrar primero y lograr alguno de los pocos asientos que van quedando libres a medida que el metro avanza en su recorrido.

Esas personas, también mudas, se aferran a su semblante serio, ojos perdidos en el vacío, rehuyendo de cualquier otros ojos que pudieran cruzarse con los suyos en esa inmensidad del espacio en el que están sumergidos. De hecho cambia su apesadumbrado gesto por el de sorpresa cuando se percatan de que una sonrisa se interpone en su concluso camino. Hay quién me devuelve la sonrisa, mas no es una mayoría; son más los que cambian la dirección de la mirada para sumergirla de nuevo en el abismo. Hay quienes les resulta amenazante que las miren y te clavan una mirada de ojos entrecerrados, desafiantes, marcando un territorio que entienden como suyo aunque estemos, ambas, en un transporte público.

Acaban de entrar dos personas, avanzadas en edad, hablando algún idioma, no sé si será alemán, pero alguien ya lo ha reconocido pues les ha respondido que no lo habla. Por lo que observo el inglés tampoco. Yo diría que, sin sentirse orgulloso, tampoco parece avergonzarse de no saberlo, ni de hacer ningún esfuerzo por tratar de entender lo que esas personas querían saber. Buscan a su alrededor, pero no encuentran a nadie...

De hecho, creo que estando lleno como está, no hay nadie más y no se han percatado de mi presencia que me hallo en el vagón contiguo. Hoy no, hoy soy una mera observadora, no voy a participar de nada.

Hasta hace poco no me había parado a pensar que el vacío pudiese encontrarse en los lugares que físicamente están llenos. Yo también pensaba que era una relación antagónica y, por lo que bien me enseñaron en la escuela, imposible de ser. Bueno, pues hoy el metro, viajando a la hora en que la mayoría sale del trabajo, está lleno de gente, pero sin embargo está vacío. Vacío de gente, no ya que hable inglés o alemán que bien es sabido que aquí hasta hace poco el estudiar dos idiomas, uno nacional y otro internacional, teniamos suficiente; sino vacío de gente que hable, gente que mire, que busque unos ojos cómplices o, en este caso, unos ojos en busca de otros que le ofrezcan su ayuda. Vacío de conversación de risas, de besos y abrazos. Está vacío.

¿Qué hace la gente entonces si no está haciendo eso? La gente está escuchando música en su Ipod, Iphone o MP3 o 4. Música que no perturba al de al lado porque tiene el volumen de su reproductor más alto que el del vecino. ¿Tan solo me molestan a mí? No lo sé porque a las demás no se lo he preguntado. Estamos incomunicadas aun sin barreras físicas que lo hagan cierto. La gente que no escucha música, o tiene su mirada perdida en los pensamientos que la aflige o vuelve a casa repasando el horroroso día de trabajo que han tenido, volviendo a las 20:30 a casa y teniendose que levantar no más tarde de las 8:00 las que tienen suerte, para volver a un trabajo que la desespera tanto y en el que no es bien tratada. Tanto las personas que escuchan música como las que tan solo piensan tienen sus miradas perdidas, sus bocas cerradas, sus manos entrelazadas, tensas, algunas reposan sus cabezas en ellas apoyadas en la repisa de la ventanilla; no se tocan, se mantienen en un estrecho espacio, lo más alejadas que les es posible de las demás.

A pesar de todo, no todo el mundo tiene la vista perdida; algunas la tienen muy bien focalizada en pesados volúmenes novelisticos de rápida lectura. Literatura, si así puede llamarsele, que nada les enseñará y, por mucho que así se lo vendan, de nada les evadirá. Los problemas seguirán allí cuando se deshagan del lastre de sus efimeros acompañantes de metro y, gracias a las idealizadas realidades que habrán estado leyendo, la suya les habrá de parecer más mísera... Bueno, mira, ahí hay una mujer que sonríe, parece que incluso que suena alguna carcajada. Carcajada que enmudece mientras mira a su alrededor con rostro enrojecido. Parece que hasta el reir nos han prohibido. No me extraña que se sorprendan al ver mi sonrisa.

Ver este panorama me recuerda aquella compañera de trabajo que me decía que volver del trabajo en coche con otras compañeras era muy bueno porque se hacía terapia de grupo. Realmente la tomé por loca, pero cuando lo probé resultó ser cierto. La gente desahogaba la tensión acumulada durante el día, expresaba sus pesares y escuchaba los consejos de las demás ante una u otra situación cotidiana o puntual del trabajo. Incluso se hablaba de proyectos que desarrollar en conjunto en las próximas semanas, se predían prestados libros, materiales de ocio para el fin de semana, etc. En fin, se hablaba. Exitía la comunicación porque había voluntad para ello.

En el coche entrabamos cinco aunque solo viajabamos cuatro. En el metro entran cientos; pero por ahora son cientos de seres cultural y comunicativamente, sin tener físicas barreras, incomunicados y frustrados.
 

2010/11/19

La Partida

Ni sé el tiempo que llevaba, ni idea de cuantos días o personas habían pasado por delante de mi a la vera de aquel árbol solitario que se hallaba en el rellano de una curva en mitad del camino hacia un espeso bosque. No pienses que no me costó saber donde me hallaba exactamente, no es fácil poder describir el paisaje donde una se encuentra cuando se es invidente. Unos cuantos paseos para uno y otro lado me costó, tiempo invertido en auscultar lo que me rodeaba, en oler la vegetación que a mi alrededor había. Y tampoco sabría decirte, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, la cantidad exacta que se había pasado. Seguramente porque no era significativo. Qué más darán las fechas si son las personas y los momentos los que se recuerdan... y aquella persona y aquel momento no fueron como las ya vividas, ni lo sería como las que viví posteriormente.

Creo que recomenzaré mi historia. Estaba sentada en aquel rellano, bajo la protectora sombra del árbol que había justo antes de entrar en la espesura. Lugar, en mitad de un camino, que por azar o disposición las personas lo elegían cuando tenían alguna preocupación. Justamente en el punto donde el camino tornaba hacia la sombría espesura de un tupido bosque. En ese lugar era donde la gente solía tomarse un suspiro y, aprovechando que yo estaba allí, solían dedicarme un pequeño coloquio antes de terminar con el giro. Creo que, cuando, tras salir de la ciudad que otras llamaban "oscura" y sentirme perdida en la inmensidad de casi imperceptibles corrientes, sentí que la grandeza del mundo me asfixiaba en el vértigo que me hacía sentir. Recorrí y alcancé aquel mismo punto donde me hallaba ahora mismo sentada; solo que al llegar yo no había nadie allí con quien poder hablar. Me senté, fui descubriendo el maravilloso paisaje que me envolvía mientras sentía que otras personas que viendo parecían mucho más invidentes que yo, pues pasaban a mi lado sin percatarse de mi existencia, adentrándose en el bosque del que ya nunca volvían. Pienso que por eso decidí sentarme en aquel árbol, sentí que el mismo algo que me había llevado hasta allí me había mostrado la función social que desempeñaría.

Buff, a veces pienso que tanto tiempo de soledad, pese a las visitas de las transeuntes me están afectando. En fin. No, aquel día no fue como lo fueron los anteriores, aquel día llegué a conocer a un ser de otro mundo, a una persona diferente, sin temor ninguno al futuro, pero enfrascada en el temor del pasado. Aquella persona, singular, ni más alta ni más baja que otras muchas, ni más sonriente ni menos que las demás. Sin embargo desprendía algo diferente que mi sento percibía enérgicamente. Creo que su forma de andar, la manera en la que saludó al llegar allí y, la que posteriormente utilizó para hablar, me dijeron que esa persona no necesitaba entrar en el bosque, noté que todavía tenía algo disponible que ofrecer a las demás pese a que su situación anímica no le permitiese distinguirlo.

He de reconocer que su forma de hablar se me hizo extraña en un principio y me costaba seguirle la narración cronológica de los hechos que, desde que llegó a este planeta, le habían ido sucediendo. Parecía que más relevancia que los hechos en sí o que las personas que había ido conociendo, tenían las diferencias que encontraba entre estas mismas personas, pues no hacía más que remarcarlas. Tal y como hablaba ella, parecía que hubiese dos grandes e inalienables grupos de personas que distinguía perfectamente con el uso de artículos diferenciados para las representantes de uno u otro grupo. Dedicándole tanto tiempo a la diferenciación me perdía los detalles que para cualquier arreitcola hubiesen sido realmente interesantes y jugosos, pues tenía que estar continuamente pensando a quien se refería con su atribución y distinción genérica de las personas con las que había cohabitado. Para mi, por mi parte y pese a que se esforzase con tanto género, todas las personas me resultaban iguales a su imagen y semejanza; pues es sabido que cada cual se acerca y permanece con quienes encuentra afinidad o símil.

Al final, para describir una conversación de más de cinco contertulias, se pasaba horas exponiendo las ideas de cada una y, a mi parecer, perdiendo el tiempo tratando de recordar si fue él o ella quien dijo "no sé qué". Qué más daría quién dijese qué cosa si cada cual participó y sacó sus propias conclusiones. En fin, las terrícolas son así: En vez de preocuparse por lo realmente importante, por ellas mismas y quienes tienen a su alrededor, parecen tener una mayor preocupación en las características que las diferencian físicamente, ideológicamente, posesiva y empoderádamente. Demasiadas cosas que se me hacían extrañas como para perder el tiempo de mi efímera vida describiéndotelas. Creo que puedes hacerte una idea.

Me resultó curioso también, fuera aparte de la semántica y yendo a lo que relataba, que la primera persona que conociese fuese una viajante de una ciudad cercana que dedicaba parte de su tiempo a la educación; pues esa misma persona se había cruzado en mi camino en la Ciudad Oscura. Y creo que ella fue quien me abrió mi perspectiva de futuro y camino un poco y me impulsó a abandonar así los techos que se nos venían encima y que ya nunca tendría que reparar, para dedicar mi tiempo a conocer a personas que se les caía el mundo encima, seguramente por falta de una conversación y un abrazo a tiempo; en el preciso instante en que lo necesitaban. Bueno, quizás el hecho de que conociese a una persona tan afín no fuese lo que me produjera tanta curiosidad como el hecho de que fuese la persona que tenía delante, tras contarle el viaje hecho hasta Arreit, la que le sedujese y crease nuevas ganas de viajar a la viajera que se había anquilosado en aquella ciudad; la misma que me había destechado a mí y que, ahora, me encontraba a de quién una vez me habían hablado y que era ella quien se hallaba estancada en su camino, a punto de internarse en el hastío bosque de densa penumbra, justo en frente de mí.

Fue en el tiempo en el que estuvo frente a mi, bajo el árbol, cuando me contó las partes de la narración que, hasta ese momento, no eran más que la biografía inconclusa y parcial de una profesora vidente en una ciudad de invidentes, la que previamente, en otra ciudad había tenido grandes experiencias y relaciones, relaciones que, ahora, entendía que terminaron para empezar otras, de esas personas con terceras que conocieron posteriormente. Una tercera persona que, en este caso, me la encontré en primera, frente a mi, narrándolo. Las partes que la terrícola aportaba daban un cambio a una narración lineal de una sola biografía, circunferenciaban la narración convirtiéndola en historia. Una historia de la que mi propia biografía era parte y de la que, otras biografías, de las que tan solo había oído hablar en tercera persona eran partes también. Partes esenciales todas ellas.

La historia tan solo era la esfera moldeada al rededor de un círculo que giraba, o quizás fuese una espiral, quien sabe. Aunque era una parte esencial e, incluso, podríamos decir que crucial de sus vidas, no era representativo de todas ellas ni eran sus biografías en sí mismas. Y pese a ello, no perdía importancia el aporte de cada una de ellas, pues sin ellas no habría historia. Es una pena que hasta ahora que te estoy contando todo lo que viví, todo lo que sentí y lo que vivieron y sintieron otras según me lo contaron, aun no haya conocido a las personas que aparecieron en las escenas más tiernas que te estoy describiendo. Yo tuve las mías en ese tiempo, pero no resulta representativo de esta historia pese a ser representativo de mi propia biografía.

Como te contaba, ella, a su manera, me fue contando la parte de la historia de sus vivencias y, por tanto, de la parte que le llevó a dar este último paseo. Realmente la narración de su propia vivencia, aportando lo que otras me habían contado, me sirvieron para ir haciéndome una idea de lo que fue esa persona, lo que había llegado a ser y lo que podría llegar a ser.

Como explicarte...

Ella fue una persona que había salido y dejado atrás una cultura, muchas vivencias, muchísimas amistades... Diría que era una persona atormentada. Atormentada, seguramente, por no sentirse parte de dicha cultura, por querer y no saber como cambiarla. Una persona que le gustaba viajar y enseñar, no ya como profesiones, sino como hobbies... Supongo que era una persona que había estado buscando respuestas a dudas existenciales propias. Una persona que al enseñar no mostraba nada, sino que cuestionaba todo, incluso aunque le costase se reinventaba a cada paso. No podía ser una persona con un ideal férreo, pero sí con muchos ideales. Una persona que podía enamorarse, pero le faltaba amarse más a sí misma para dejar de dudar tanto de quienes tenía alrededor. Era una persona con afinidades y confiable para con otras, pero sin confianza en sí misma.

Sin embargo, hoy en día, además de todas sus dudas anteriores, había interiorizado muchas más, había tenido un gran proceso de aprendizaje en nuestro planeta. Le habían mostrado formas diferentes de relacionarse, de hablar, de sentirse, de sexualizarse, de no generizarse... Sin duda, ha aprendido. Al mismo tiempo ha abierto cuadraturas y formas de pensar cerradas a ciudadanas de aquí. Ha amado a personas sin importar su sexo, género o condición social. Ahora no es la persona generizada que fue, pese a que todavía lo use a veces en su forma de expresarse, se siente parte afín de nuestra cultura, pese a que, por fin, sea consciente de que no puede quedarse. Ahora tiene un proyecto aunque aun lo cree irrealizable. Siente más confianza en sí misma, fruto de la experimentación en sus vivencias, pues sabe lo que quiere hacer, pero también sabe que le queda mucho por aprender.

Es por eso que todavía no podría decirte si será algo, si llegará a ser algo, pues la no creencia en la realizabilidad de su proyecto es lo que aun la consume en dudas, lo que no le permite tener esa confianza. Lo que, hasta ahora no le había permitido amar como otras personas podrían merecerse, lo que no le permitió anteriormente tratar de desarrollar algo en su planeta y se tuvo que venir a éste.

Las terrícolas, utilizando una de las generalizaciones categóricas que tanto les gustan, no confían en sí mismas. Tratan de evadirse. De ese modo, algunas antes y otras después, han llegado a Arreit; otras, sin embargo, han acabado en otros diferentes planetas. Diferentes, porque diferentes eran sus motivos y expectativas de viaje. Pero, no se han dado cuenta aun, aunque tú si lo hayas hecho, de que en todos los planetas hay un penumbroso bosque en el que internarse por el sendero marcado si no se encuentra el modo de hacerse un propio camino. Creo que en mi bagaje yo hice el mío, la terrícola verá cual ha de ser el suyo; si internarse en el bosque o, por el contrario, ir a un nuevo planeta Tierra, diferente al que había conocido, reinventarlo.

¿Estás pensando que podría volver atrás por el sendero? El camino no puede desandarse...

2010/11/18

El Reencuentro

Hay días que son un flechazo, que nada más ver a alguien te enamoras; no son días particulares ni singulares. Son un día como otro cualquiera, en el que se suceden todas las rutinas a las que estás acostumbrada, desde el desayuno, pasando por el trabajo, los desplazamientos hasta éste, los cursos de idiomas de la tarde  y las cervezas de última hora a la vuelta hacia el barrio con alguna amiga. Digamos que el día que a continuación se narra es un día más sin ser un día más. Es uno de esos días en que sin saber por qué ni cómo, sin salirte de tu aburrida y rutinaria vida, son diferentes. Es uno de esos en los que a nadie le preocupa dónde estuviste, ni que hiciste ni a qué hora volviste, conocen la respuesta, a la misma hora en el mismo lugar que estuviste este mismo día de la semana pasada. O que sin ser exactamente el mismo lugar, no distando tanto, no revierte interés ni emoción a la historia.

Esta historia es una de esas historias intemporales, porque pese a que narra un momento del día, nada que suceda ahí responde a un patrón temporal que importe y pese a que suceda en un espacio, hay cosas que desvirtúan el espacio hasta hacerlo carecer de interés. Es un historia ahistórica pues no tiene cronología. Todo sucede al margen del resto, al margen de la hora, al margen del espacio invadido por la mayoría. Es una historia de margen, es una historia marginal pues a nadie más, salvo a ti y a mí, le incumbe.

Estoy segura de que sabes a lo que me refiero, porque pese a que todas lo hemos debido vivir alguna vez, tan solo algunas somos capaces  de recordarlo; pero no es tu caso. Lo sé, se que tú podrás recordarlo.

En fin, aquel día en ese preciso instante, tras tanto tiempo sin vernos, sin haber vuelto a hablar, sin saber apenas la una de la otra, sin habernos vuelto a oler, a oír, a sentirnos; aquel día volví a ver tus ojos. Brillando con fulgor observaban desde la lejanía mi movimiento; unos ojos grandes, risueños y alegres como pocos; de esos que sin ayuda de nadie pueden expresarte cariño y simpatía, ternura y alegría por volver a encontrarse con los tuyos. Esos ojos que a la vez que me hablaban y explicaban, parecían sumergirme en su profundidad; parecían observar en lo más profundo de mí desde su propia inmensidad.

Nada más llegar tus labios empezaron a susurrarme en suave tono, queriendo saber el motivo de mi ausencia durante tan largo tiempo. Su melodiosa y fina voz relajaba mi agarrotado cuerpo, tenso por la falta de plácido descanso a causa de un ritmo frenético de vida. Sus melosos susurros endulzaban mi oído mientras que tu templado aliento hacía lo propio con mi oreja. Tú sabías como hacer que me relajase y, además, te esforzabas en lograrlo. Resultaba increíble, después de tanto tiempo, que volvieras a poner palabras a mis pensamientos, que llenaras de sensaciones mi exhausto y ahora insensible cuerpo.

No dudo que me echases de menos, pero no creo que pudieras hacerte una ligera idea de lo muchísimo que pudiste llegar a faltarme. Sí, soy consciente en este momento de que no soy mas que una más. Tampoco pretendí nunca ser la única que en esta efímera vida pudiera disfrutar contigo. Pero aun así, el tiempo sin vernos sin ser pesado, sin ser aburrido, resulto un tanto vacío; resulto frustrante por sentirme falto de ideas y cariño. Ahora tus ojos y tus labios me devuelven a ti, me cautivan y sumergen en tus pensamientos, en tu mundo. Estoy a gusto en ti.

Una vez al lado la una de la otra, el resto ya no importa, deja de tener sentido el espacio que nos guarda; dejan de tener importancia las que nos rodean; no tiene sentido ninguno el tiempo que sabemos, consciente o inconscientemente, que pasa. Algunas veces la querencia supera a la consciencia, a la inconsciencia e, incluso, a la apariencia. A pesar de que para el resto el tiempo aparentemente pasase, en el momento que nuestra cercanía dejó participar a nuestros brazos y a nuestras relajadas manos en el juego, el tiempo desapareció. Fue borrado de la historia, se convirtió en una vivencia ahistórica e intemporal. Fue nuestra propia historia sin cronología.

Todo mi cuerpo se iba relajando a medida que se iban sucediendo las cosas. A medida que nuestro cuerpos iban perdiendo la poca distancia que los separaba al encontrarnos, distancia que se iba acortando en el transcurso de susurros y caricias. Todas ellas se sucedían a la vez que mi cuerpo se revolvía en su propio relax. ¿Quién sabe? Pudiera ser la falta de costumbre, pudieras ser tú que, incluso dentro del agradable y soporífero relax, la excitación que me causabas, desencadenase ciertos movimientos convulsos que no acertaba a controlar. ¿Quién sabe? Quizá no hubiese querido nunca controlar esos movimientos, quizás no fueran ni siquiera controlables; seguramente, incluso intentándolo, controlarlos habría sido causante de nuestra nueva separación y ¿quién sabe por cuanto nuevo tiempo?

El control siempre es causa de separación más que de acercamiento. La controlada siente a la controladora como lejana, ajena, sin confianza. ¿Sino por qué el control? La controladora siente a la controlada como lejana, ajena, sin confianza. Por eso siente la necesidad de controlarla.

Ya lo sabías y yo ahora también soy consciente de ello, pero en el momento de nuestra separación todavía necesitaba tiempo para comprenderlo. Que agradable es ver que volvemos a reencontrarnos, hoy, aunque pudiera haber sido cualquier otro día, o noche.

A pesar de todo, estábamos de nuevo juntas, por mi parte sumida en un descontrol absoluto de los sentidos; tú, por la tuya, haciéndome ver y sentir nuevas realidades, nuevas sensaciones y emociones.

He de decirte que tienes uno de los más hermosos dones: El de la sonrisa. Tu amplia y sincera sonrisa cada vez que hablamos; esa sonrisa que inspira mis sueños; sueños que me llenan de nuevo de ilusiones, de proyectos; sueños que me recuerdan palabras en desuso que vuelven a dar forma a ideas, viejas y nuevas. Ideas que sin ti parecían tener tanto sentido como tienen ahora, para nosotras, el tiempo o el espacio o, siquiera, el resto del mundo. Vuelven a tener vida, a través de ti, cual túnel que tendría que atravesar para poder seguir mi camino. Como túneles que no debiera evitar pese a que sea la oscuridad quien guíe a través de ellos mis pasos. No temo a la oscuridad a tu lado, porque en la oscuridad te conocí y sé por ella que los colores están al otro lado. Es un corto camino, nada más unos pasos que de tu mano, por fin, descubro en tu rostro todos los colores del arcoíris al arribar a un mundo deseado.

Llévame con un beso, Oniria, al clímax esperado.

2010/10/28

Carta a Mi Soledad

Estoy sola, un día más, rodeada de gente; pero, sin embargo, sola. Inmersa en mi rutina. Rutina que me mantiene presa del tiempo, del resto, del dinero. Todo parece pasajero, todo pasa a mi lado, a mí alrededor; la gente que un día parece ser mi amiga del alma, sin más, desaparece; parece olvidarme. El tiempo, irremediablemente, pasa, junto con la gente y el dinero que entra en mi bolsillo a finales de mes y a mediados ya se ha ido. Nada permanece. Pese a que me enseñaron que había que hacer durar las cosas me doy cuenta de la hermosura que desprende lo efímero; la belleza de incontrolable; la excitación que me produce saber que no puedo poseer nada.

Ah, la posesión, cuan cruel invento. Para poseer objetos, trabajo. Rutina. Para poseer amigos, salgo. Rutina. Para distraerme, veo la tele. Rutina. Para comprar la tele que me distrae, trabajo. Rutina. Para ir a trabajar, me compro un coche, para lo cual también trabajo. Rutina. Al tener el coche, procuro usarlo, además de para trabajar, pues no quiero vivir para trabajar; lo uso para mi ocio. Pago por el coche, pago por el ocio, pago su mantenimiento, pago. Rutina. Mis amigos me encantan, por eso salgo y, siempre que puedo, pago unas cervezas. Cervezas que tengo que pagar, para lo cual trabajo. Rutina. No vivo para trabajar, sino que trabajo para vivir... Todo el día activa, rodeada, pero sola y envuelta en rutina.

Algunas veces, tan cansada acabo de quienes me rodean, del trabajo, de las facturas y de todo, que me escapo. A veces a lugares lejanos, con mi coche, con tu moto. Pero otras veces, sin necesidad de irme tan lejos, en la tranquilidad de la soledad elegida, te reencuentro. No es como empezó. Sí, yo te recuerdo al otro lado del ordenador, cuando trabajabas e una escuela a orillas del Cantábrico, cuando me propusiste hacer un proyecto de intercambio en una escuela a raíz de mi propuesta de intercambio de arte, la cual te venía grande. ¿Por qué no? Podía resultar interesante. Trabajamos, a través del ordenador, escapando a mi rutina. Era algo diferente a lo que había venido haciendo hasta ese momento. Intercambiamos cyberconversaciones en forma de mail; fructíferas conversaciones que dieron su resultado: llevamos a cabo un proyecto que disfrutaron a los dos lados del océano.

Sin embargo, no acabamos ahí tú y yo. No Koldo; lo recuerdo. Hablamos de muchas cosas, recuerdo las conversaciones, las releo de hecho en mi email de vez en cuando. Descubrimos un mundo común de expresión escrita mucho más allá de lo artístico de mi propuesta inicial. Un mundo común que a ambas nos entusiasmaba, que nos unía, que nos daba juego. Sé que te gustaría leerme más, pero mis propios miedos me impiden mandartelo.

Llego un momento, incluso, en que dejamos de mandarnos emails; no eran necesarios. Tú empezaste a invadir mis sueños, algunas veces pude sentirte a mi lado, junto a la ventana. Sentí en la brisa tu susurro que en algunos ratos me animaba y en otros, incluso, me inspiraba. Creo que tratabas de olerme. Sé que estuviste, incluso en mi cama. No recuerdo si me lo dijiste o lo aprecié en tus caricias, pero sé que estuviste. Y pese a no saberlo, creo que he llenado de humedades también algún rincón, de tu casa y tu cuerpo, en una o más ocasión. Habré de esperar a que me lo corrobores cuando nos volvamos a ver. Esta vez te toca a ti venir volando.


Son tus visitas, en parte, las que sin tener que trabajar por ellas, me evaden de la rutina. Son esas ideas, extrañas, absurdas, inconexas, figurativas, abstractas, estúpidas... que escribes, las que me hacen verme y dibujar en mi imaginación sueños que había perdido por no atreverme a mirarlos. Porque me habían casi convencido de que lo rutinario es lo que a todas nos queda, sin nada más allá que pudiera ser realmente extraordinario. Digo en parte, porque no es mi único refugio, tengo mi poesía, mi prosa y alguna otra cosa. No hace falta que te explique, sé que me entiendes. Es, en la soledad física en la que te leo, en la que más acompañada me siento, quizá sea que me siento comprendida, quizá que expresas ideas que me son afines, muchas comunes. No, Koldo, siento desilusionarte si creías ser la única persona que pensaba en ellas. Sé que no. Porque yo también había quemado neuronas en esos mismos pensamientos. Tal vez verlos reflejado en un estilo envuelto, aunque no revuelto, me de motivos para pensar que las cosas pueden ser hechas de otra forma.


Aunque, lo de esta última visita ha sido el colmo. Me encanta cuando me desnudas, cuando te sumerges en mi con tus manos, con tu lengua. Cuando jugamos a todo lo que nuestra imaginación nos sugiere; solas a veces, con compañía otras. No siento celo alguno de tu forma de expresión, ni corporal ni escrita. Pero, lo de esta última vez ha sido el colmo. Sabes que me seduce leerme y leerte, en uno u otro papel en tus textos; sé que no soy yo la descrita en muchos, pero haces que me sienta en su interior; me seduces con mi aparición. No me importa en absoluto que lo hagas, pero esta última vez me he sentido violenta; podría decirte que incluso violentada. No sé si permitirtelo o perdirte que no lo hagas nunca jamas, la sensación ha sido sumamente extraña, pero por favor, la siguiente vez que vueles hasta aquí y uses mis manos, al despedirte, dame un beso y un abrazo. No me mandes un email para que vea el resultado de haberme escrito a mi misma pues delante de la computadora violaste mis manos.

2010/10/21

Una Conversación de Tú a Tú con La Terrícola

Tras unos minutos de pensamientos cruzados sobre lo que allí poco tiempo antes había pasado, decidí que, fiel a nuestra forma de actuar, habría de preguntarle para saber, así, qué le había ocurrido, qué le había producido tanto temor y rechazo; por qué motivo había rehuido mi abrazo y se había alejado, sin despedirse, de mis labios.

Retorné al interior de la habitación, mi cara debía rebelar sin problema mi estado de ánimo y desconcierto por lo sucedido, porque nada más girarme y entrar mi compañera comenzó a levantarse y acicalarse. Sabía que ahora sí había un motivo para abandonar la habitación, un motivo entre motivos, el más importante, el de la necesidad  de la comprensión debido a un fuerte sentimiento empático por las personas que nos rodeaban. En mi cara debió de ver reflejado algo que le hizo sentir en sus propias pieles lo que yo estaba sufriendo que, en parte, devenía en lo que estaba sufriendo otra persona, en parte por mí, en parte por quién yacía en la cama y en parte por sí misma, por sus miedos y tabús. No había escusas, culpas ni preocupación, tan solo dolor; un dolor que podía ser sanado. Si hubiese alguna escusa que dar, habría una mentira que ocultar y tal no era el caso. Si hubiese alguna culpa sería por mentir y no cabía en nuestras cabezas hacerlo, pues nunca había motivo para ocultar nada, por eso nunca dábamos escusas. Y no podía haber preocupación, porque si no tendría solución, no cabría preocupación porque nada podría hacerse y, si por el contrario, podía hacerse algo, no cabía preocuparse, tan solo solucionarlo. Por tanto, tan solo había un subsanable dolor.

Una vez desodoramos nuestros sudados cuerpos y recogimos, aunque solo en parte, la desordenada habitación, nos dirigimos al salón y, tras no encontrarla allí, fuimos a la cocina donde se hallaba sentada cabizbaja delante de una infusión mentolada que aromatizaba toda la habitación. A su lado tres personas estaban comiendo algo acompañado de esa misma infusión que debían haber ofrecido a la entristecida compañera de piso. Hablaban entre ellas, respetando su silencio y sin forzarla a entrar en la conversación, en voz baja para tampoco perturbar sus pensamientos.

Ni siquiera se percató de nuestra entrada. Saludamos a las presentes, nos servimos unos cuencos de la recostituyente y aromática bebida y nos sentamos frente a ella yo y, a su lado, mi compañera, dejando al otro lado de la mesa a las otras tres que repentinamente se callaron. Era evidente que su conversación había caducado aunque fuese por factores exogenos, ahora tocaba una nueva conversación, seguro que no menos interesante y de la cual ellas sabían de antemano que serían oyentes.

- ¿Por qué? - pregunté yo en tono suave a mi deprimida amiga mirándola fijamente mientras, atónita por la pregunta, levantaba la cabeza léntamente como si el peso que la empujase a mirar el vaso fuese mayor que la fuerza que la impulsaba a devolverme la mirada. Finalmente ergio la cabeza y mirando al vacío, sin fijar la mirada en mis ojos, sino sobre mi hombro izquierdo replicó:
- ¿No debería ser a eso a lo que deberías dar respuesta tú? -  respondió excitada.

La terrícola, tras tirar la pelota a mi tejado, posó la mirada, plomiza ahora, asfixiante incluso, seguramente por el acusativo tono de ésta, tanto en voz como en lo acuchillante de sus ojos. Mientras tanto, mi última compañera de cama, nos observaba y fue acercando su brazo al hombro de ella, tratando de tranquilizarla, pues notaba que una conversación empezada en ese tono no podía acabar bien. De hecho, creo que fue el tono hiriente y acusativo de la voz, lo que le hizo posarle la mano en el hombro; no creo que anteriormente, al menos en nuestro planeta, hubiese visto empezar una conversación con dos preguntas, una directa, tajante, queriendo saber y la otra evasiva, dubitativa, hiriente y con resentimiento. Por mi parte, sin elevar un ápice el tono proseguí:

- Tanto tú como yo podríamos haber formulado esa pregunta, pero tu tiempo fue cuando te sorprendiste por algo; sin embargo, no preguntaste, preferiste huir a conocer. En cambio, yo he dejado lo que estaba haciendo por querer conocer el motivo que te ha impulsado a marcharte de entre mis brazos, a rechazar mis labios y, por eso mismo, pregunto, pues quiero saber,  ¿por qué? - Expliqué y volví a preguntar en vista de que sino iba a tener que explicar algo sin saber a lo que tenía que hacer referencia exactamente.
- ¿Realmente me preguntas por qué me marché? ¿tienes la menor idea de como me sentí al verte con otra? ¿Qué se supone que debía hacer sino dejarte haciendo lo que tú habías elegido? No creo haber ofendido tu libertad de elección al irme, en todo caso no creo que haya interferido. - Se disculpó aunque, al menos, con su segunda pregunta me había dado la certeza de que fue una sensación de celo lo que le hizo escapar.
- Haces demasiadas preguntas si es que realmente quieres saber las respuestas. Sí, lo preguntaba muy en serio, pues aquí nadie hubiera, en primer lugar tocado la puerta pues es un lugar al que no se pasa si no te han invitado y, por tanto, no se llama; y en segundo, si algo la hubiese sorprendido, no hubiera huido. E incluso sabiendo que tú siempre estás invitada a mi habitación como creo que lo sabías, si se te ocurriese venir como has hecho, tras mi recibimiento resulta muy desagradable que te rechacen, cuando yo no creo haberte negado un beso ni un abrazo ni lo que me hubieses propuesto en ese momento. Respecto a la segunda pregunta, no tenía la más remota idea de cómo podrías sentirte porque eres la primera persona que yo conozca que huye de una habitación tras ver a una persona que ama con otra. Eso aquí jamás había ocurrido y creo que es porque cada una de nosotras no se siente el ombligo del mundo pensando que todo ha de girar en torno a nosotras. Por último, yo no sabría ni te diría jamas lo que habrías de hacer, eso habrás de elegirlo tú. Pero no creas que en la reacción que has tenido has mostrado siquiera un ápice de respeto hacia mi libertad. Ni mucho menos. Si así hubiera sido, no habrías huido, en todo caso te hubieras despedido con otro beso y abrazo y te habrías marchado a hacer alguna otra cosa que te viniese en gana. Sino, la posibilidad de entrar y estar con nosotras también podrías haberla propuesto y ya seriamos nosotras quienes podríamos decidir si nos apetecía o no. De todas formas, creo que lo primero que deberías hacer ahora mismo es relajarte un poco y pensar, como has hecho otras veces, de modo abierto y razonado, pues de todas formas el hecho de que estuviese en la habitación con otra no trunca tu vida para nada, por lo que no veo el motivo de tu desasosiego.

- Muy fácil es para ti todo. Demasiado fácil pedirme que me tranquilice... - Dijo ya en un tono más melancólico que nervioso. A su alrededor se extendía un gran aura de melancolía, sin que nadie de las presentes puediesemos entender el motivo; sin embargo, nos debió parecer a todas que era buen momento para esperar calladas. Con lo que finalmente, una vez que en una mayor tranquilidad pudo poner en orden sus pensamientos, prosiguió entre sollozos- Desde que llegué no he ido conociendo más que a gente de una bondad y una calidad suprema, parecía que fuese dándome de bruces con todos los ejemplos más absolutos de personalidad positiva, entusiasta, empática y amable del multiverso. Pasaron algunos días hasta que te conocí a ti en la cocina, sublime, tranquila, dulce y con una mirada penetrante; ¿qué cabía esperar más que me enamorase de ti? Incluso, acabé entendiendo... - Pausó un poco dubitativa y siguió - o eso pensaba yo, que tú también sentías lo mismo por mí. Sin embargo, ahora me doi cuenta de mi ignorancia; tan solo fue sexo, aderezado en mi imaginación con guirnaldas y flores. Yo pensaba...
- No fue solo sexo. Y dicho sea de paso, no me conociste la mañana a la que te refieres. Me conociste días atrás, pero no pausaste tu mirada en mí cuando mi profesora nos presentó en casa a la hora de la cena. De todas formas, sigue... - Le invité tras puntualizar esas dos cosas que venían rondándome la cabeza varios días.
- Bueno, dices que no fue únicamente sexo; llámalo amor pasajero si quieres. Tampoco es que me importe mucho cómo se defina, por mi parte desde luego el sentimiento era muy diferente. No es que pretendiese que fuese algo para toda la vida. Tengo claro que toda la vida, sea en el aspecto que sea y a lo que se haga referencia, es demasiado tiempo. Aun así, pensaba que lo nuestro era algo, de alguna manera, especial...
- Yo tenía la misma sensación hasta que bajo el marco de la puerta de mi habitación reusaste a devolverme mis besos y abrazos. Quedé, pese a que te sorprenda, tan atónita y desconcertada como quedaste tú. No entiendo la relación que ves entre con quién me acuesto y la relación que podamos tener tu y yo. - Dije yo tratando de hacerle ver el inicio de su confusión y para ver si entre todas lográbamos acercarnos al motivo y a la solución de su malestar que no dejaba de ser un malestar común.
- ¿Cómo? ¿Para vosotras no guardan relación ambas situaciones? -Dijo mientras miraba a su alrededor buscando alguna mirada, algún gesto, alguna aserción que le fuera cómplice. Pero en vista de los rostros que le rodeaban prosiguió- Ya veo que no. Pues siento tener que admitir pese a que me duela que esta sensación de abandono que tengo ahora no va a desaparecer tan fácilmente, ni la sensación de caída al vacío que tuve al verle a ella -Dijo mientras la miraba ahora con ojos más calmados pero no sin resentimiento- el nudo que se me creo en el estómago y la garganta, cómo se me erizaron los pelos y me empezó a hervir la sangre en el negro fuego de la pena. Es una sensación que sé que fue real, que sufrí realmente, que tuve que pasar y que ahora no puedo hacer como si nada hubiese sucedido. Sigo sintiéndome ahogada, incluso aunque te creo, porque quiero y necesito creerte, no puedo deshacerme de esto. -Dijo al tiempo que estrechaba su cuello con ambas manos.

En ese momento unos dedos se entrelazaron a los suyos y separaron el nudo físico que le imponía a su cuello como metáfora del dolor real que sentía su alma. Hay veces que no es posible sin ayuda deshacer metáforas ni dolores reales. En este caso, mis dos amantes estaban ayudándose a soltar la tensión acumulada por la sinrazón de una cultura egoísta y posesiva. La tranquilidad que desprendía mi amiga, en todas las cosas que hacía y decía, no permitió más que se relajase; incluso sintiendola como parte de la causa de su dolor, no pudo más que soltar las manos y tranquilizarse. Seguramente, algo tuvieron que ver el prolongado abrazo que le dio a continuación. Fue un bonito momento, porque pudimos observar como sus músculos faciales iban recuperando la laxa tonicidad que solía ser habitual en ella a medida que los segundos pasaban en el abrazo. A lo que acompañó en su habitual dulce tono susurrandole al oído:

- No te preocupes por nada. Creo que puedo entender que te sintieses desorientada, abandonada, perdida. Mas no tienes porqué preocuparte pues ella te ama como solo ella ha podido amar a las personas que la han rodeado. Sí, es cierto que en Arreit, como creo que vas entendiendo, no poseemos nada; y mucho menos nos poseemos las unas a las otras. Por eso mismo, en ese sentido, no podemos amar más a unas personas que a otras, ni nos limitamos la cantidad de amores que debemos tener. Quien es capaz de amar disfruta del amor al igual que quien es capaz de pintar disfruta de su lienzo. No limita a un lienzo o a un color su creatividad; porque la artista no entiende que por solo pintar un lienzo o hacerlo en un color, su obra vaya a tener más valor. No siente celo de sus demás obras ni las obras se tienen celo entre sí. Sin embargo, las obras siempre le acompañan, incluso cuando las vende o las regala. Todas hablan bien de ella, aunque no estén en su presencia, porque se entregó a ellas con pasión y dedicación, buscando la armonía en el trazo y el sentimiento que la impulsaba en el corazón. En sus obras ha dejado, por el modo en el que en ellas se recreó, parte de su esencia. Y, tú, salvando el momento y comportamiento actual, lo hiciste en ella y lo estás haciendo en cada momento con cada una de nosotras.

Sus miradas se encontraron en ese momento a la vez que las manos de ella le iban soltando. Un pequeño silencio y un cruce de dulces y cómplices miradas que parecían haberse comprendido. Los ojos empezaban a chisporrotear lucecitas de nuevo. Pequeños destellos de ilusión volvían a calentar su ser ahora que había oído algo que realmente necesitaba. Podíamos leerlo todas las presentes en sus ojos: "me ama". Su cabeza se entornó de nuevo hacia mí, sus ojos seguían hablando: "yo también". Sin embargo, hoy no era día de medias tintas, tenía que saber ella de una vez que no era ya quien partió de la Tierra, tenía que afrontar ciertas cosas si pretendía seguir aprendiendo y creciendo en Arreit.

- ¿Tú También? ¿Estás segura de que tú también te amas? ¿cómo entonces, sino por falta de confianza en ti misma más que en las demás, dudaste en algún momento de la sinceridad de ese abrazo y de ese beso? ¿por qué no mostraste valor a enfrentarte insitu a tus miedos cuando y donde afloraron? Yo sabía que me amabas, tanto como sabía que yo te amaba a ti. No. Ese no es tu problema, sino la falta de confianza en ti misma, no del amor que te profesen las demás. Muchas veces la evidencia es ciega para quien no se atreve a ver. Y, normalmente quien no ve es quien no se atreve a afrontar la realidad de lo que está viendo.
- Lo siento. Algunas veces me resulta durísimo seguir en Arreit; es complicado, no te haces idea de cuanto, porque tú has nacido aquí. Porque además tu dulzura, tu sencilla lógica, tu hermosura, tu inteligencia te lo hacen más fácil. Hay veces que creo que en vez de haber venido aquí debiera haberme quedado en la Tierra y crecer con ellas, aunque fuese a un ritmo más sosegado. -Se vio diciendo al tiempo que su rostro volvía a quedarse pálido y con una ceja alzada.
- Sí, ya lo sé, es algo que llevabas pensando algún tiempo, ya lo habías comentado alguna noche entre sueños. No sé porque te asombra tanto haberlo dicho en viva voz. -Le respondí.
- ¿Deseas marcharte simplemente por lo de hoy? -Preguntó una de las compañeras de piso con la que, según me contó, otros días había estado compartiendo risas en el salón. A lo que la terrícola rápidamente aunque dubitativa respondió:
- Mmm, no creo que sea por lo de hoy. Pero, ahora que lo pienso, pudiera ser que tenga razón, pudiera ser que, a pesar de aprender muchísimo aquí, a pesar de enamorarme como llevaba años sin hacer; a pesar de lo hermoso y tranquilo de este planeta; de la Cultura, con mayúsculas, que tenéis; de las grandiosas personalidades que convivís; a pesar de todo creo que, como dije al principio, a mi me gusta aprender y enseñar, me encanta viajar y me ha encantado este viaje. No tenía ninguna fecha de vuelta, pero de hecho, en lo más profundo de mí, sabía que lo que más me gustaría sería enseñar a la gente de mi planeta cómo sois aquí, lo que he aprendido con vosotras, lo que podríamos aprender juntas...
- ¿Te vas? -Le pregunté sin extrañeza alguna pues era algo que esperaba, pero con nostalgia de alguien que sabía que si marchaba no volvería a ver. Alguien que, excusándole en su educación, su conducta de hoy, no me había dado más que buenos momentos. En resumen, alguien que me había proporcionado un increíble placer y compañía.
- No. -Me dijo mirándome fijamente como no queriendo separarse con palabras de mí- Bueno, no sé. Ahora no, o quizá sí. Quizás sea buen momento, aprovechando el sentimiento que me ha producido lo sucedido, la perturbación que, sin ser la de hace un rato, sigo sintiendo, y marcharme...
- Pero, una cosa ¿eres consciente, ahora, del motivo que te hizo huir de mi habitación? ¿Tienes claro ahora lo que quieres? -Dije tratando de que fuese consciente de sus actos y del motivo de estos. Me seguía mirando, ahora cautelosa, creo que trataba de medir las palabras, le seguía costando y dando rabia dar la razón a las demás.
- Bueno. Sí, creo que te lo mereces. Realmente creo que tenías razón en que huí no tanto por el miedo a que me pudieses abandonar, sino por el temor de haberte sentido abandonada con la perturbación de mis pensamientos. Tal vez no fui del todo sincera contigo, pues no te dije, al menos conscientemente, que mi sentimiento de vuelta era tan real como el amor que sentía por ti. Creo que fue eso y no la duda de tus sentimientos hacia mí lo que me hicieron sentirme tan apesadumbrada, tan egoísta, tan...
- Sabía que llegarías a entenderlo. -Dije finalizando la conversación al tiempo que le besaba.

2010/10/19

El Valor de la Compañía

Y ese previo fin de semana, en el que iría a visitar aquel ancestral árbol que me había cobijado bajo su frondosa sombra, que me habría provisto de refugio cuando el calor de los soles resultaba plomizo, aquel con el que tanto había jugado siendo aun una niña. Ese fin de semana, como tantos, iría a visitarlo. A deleitarme con las vistas, a disfrutar de las conversaciones de las que a su vera se encontrasen, a disfrutar de los hermosos atardeceres en los que en el cielo, con ayuda de la luz se reflejaban la inmensidad de los colores de nuestro hermoso planeta.

Esa preciosa mañana en que estando yo en la cocina, apareció ella; con paso firme, pude oírla incluso antes de llegar, cuando avanzaba por el pasillo. Sin embargo, al entrar en la cocina y verme supe, fehacientemente, que al tiempo que me vio se enamoró. No puede sino así, responder los cuerpos cuando se enamoran de algo que no esperaban. Estoy segura que pese a que desde la primera noche de su llegada a Arreit cenamos juntas con otras compañeras de casa, hasta esa mañana en la que me esperaba el árbol, ella no me había visto. Lo sé porque sus ojos le descubrieron en los reflejos destellantes que mostraban al verme. La verdad es que pese a ser poco predecibles por sus extrañas costumbres, las terrícolas eran muy simples, quizá mucho más que nosotras mismas que, acostumbradas a vivir simplemente, sin complicarnos la vida, teníamos un mundo interior mucho más rico, en el que nosotras podíamos obviar cosas porque entre nosotras no podían ser de otra manera, pero que a aquella extranversa la descolocaban y dejaban al descubierto.

Sin embargo, pese a la incuestionable atracción que mostraba por mi, lo que me hizo a un tiempo ilusión y gracia, en ningún momento hizo ademán alguno de acercarse, me saludó desde la lejanía, de un modo oral, sin roce alguno.

Tuve pedirle que se sentase y prepararle algo de desayuno para poder así observarle mientras comía, ansiosa, como si no pudiese disfrutar del desayuno, seguramente por la tensión que le producía tenerme delante.

¿Por qué alguien que me había visto varias veces no se fijo en mí hasta ese momento si nada más entrar ya pude yo sentir la atracción de la seguridad, la honestidad y tranquilidad que desprendía? ¿Por qué si había estado conmigo tranquila en otras ocasiones se tuvo que poner nerviosa aquella mañana? Creo que hasta ese momento no había sido consciente de que yo existía como individualidad… Pese a la simpleza de las terrícolas, cuan rico tenía que ser el mundo interior de esa persona para poder estar tan atenta a todo, reflexionando a la vez que hablaba con todas mis compañeras, sin fijarse. No fijarse en alguien que, por otro lado, en cuanto observó sintió algo. Una extraña atracción que le llevó a sonrojo.

La verdad es que, tras acabar el desayuno, casi tuve que llevarla de la mano, su bloqueo no parecía que fuera a desaparecer tan fácilmente. Así que ya que no conocía prácticamente nada, me la llevé a mi rincón de la niñez, ese rincón de sueños, de emociones, de juegos, de sorpresas. La niñez es una época muy interesante, son recuerdos de actos y sentimientos que suelen acompañarnos toda la vida. Creí que, ya que iba a ir yo allí, sería bonito mostrarle el lugar por el que yo sentía una cercanía tal.

Nada más llegar nos sentamos en un corro de unos cuantos que a su sombra se cobijaban y me limité a observarla; a observar su observancia. A observar las dudas que se reflejaban en su cara; su gesto, sus muecas. Las horas pasaron y con su paso muchas fueron dejando lugar a nuevas contertulias que se integraban con celeridad en el tema sobre el que se discutía en cada momento. Ella, sin embargo, no llegó a participar. Tan solo en el momento que todas se hubieron marchado, quedamos las dos tendidas, ella enfocada hacia un atardecer, perdiéndose la inmensidad del cielo, yo abierta a la inmensidad y perdiéndole a ella en su onírica lejanía. Parecía estar soñando al ver el atardecer; era bonito, cierto, pero no creo que pudiera ser algo tan sublime, pues en la Tierra me constaba que también caía el sol.

Estábamos a solas en ese preciso instante, a solas las dos, en un hermoso paraje, con el sonido de la brisa y los animales al atardecer envolviendo nuestros sentidos. A solas, pero solas. No la sentía cerca; pese a que no había ni un metro entre las dos; pese a que ella también observaba a su modo el atardecer, no me hacía sentir su compañía, para nada me sentía acompañada en el disfrute de tan bonito momento. En ese preciso rato en el que me hubiera encantado que me abrazara o al menos uniera su mano a la mía, que me dedicase por un segundo una mirada cómplice. No sé, un algo que me dijese que ella estaba ahí, que seguiría estando pese a que mis ojos visualizasen el atardecer del primer sol a la vez que el segundo amanecía y el posterior atardecer del segundo. En ese tiempo, tan solo se giró para ver que se estaba perdiendo algo más de lo que ella se pensaba. Haciendo así lo que pensó correcto, copiando mi postura, tumbándose plácidamente sobre la hierba, para poder así disfrutar de la inmensidad que, en su mente, se reducía al cielo. Nuestras cabezas quedaron lindando la una con la otra. Sin embargo seguí sintiéndome sola.

Me resultaba curioso ahora, observandolo en retrospectiva mientras recordaba aquella tarde, que aquella extranversa al verme ahora en mi cuarto con otra persona, sintiendo mi abrazo y mi beso, se sintiese tan lejos de mi como me sentí yo aquel día. Siendo, sin embargo, mi distancia y mi sentimiento hacia ella mucho más cercanos que lo que ella pudo llegar a mostrarme aquel atardecer.

Fue un fin de semana maravilloso y así me lo expresó en su momento. Incluso, al abrazarme al anochecer y quedar las dos dormidas entre las protectoras raíces del árbol, yo sentí en su tranquilidad, pues se relajaba, que deseaba estar conmigo. Además, al día siguiente noté su cercanía también al quedarnos mirando el lago mientras mi húmedo cuerpo se secaba al sol tras el baño. Su mano, sus dedos, suavemente enredados entre los mios, jugueteaban y hacían pequeñas cosquillas mientras nuestras caras se mostraban sus perfiles sonrientes; en todo momento orientadas hacia el transparente lago. ¿Por qué no me besaría? ¿por qué no acariciaría mi cuerpo? Parecía que pudiese tocarme en ciertas partes de mi cuerpo, sintiéndose obligada a obviar otras en pos de no sé qué. La verdad es que me confundía. Creía entender que le gustaría estar más cerca de mí, incluso en mi interior si pudiese, de hecho podía, yo no se lo impedía ni creo que le mostrase rechazo. Sin embargo, no lo hacía y me mandaba señales contradictorias, ¿por qué?

Cuando unos días después y tras haberle explicado ese mismo fin de semana que el sexo no era un tabú ni en lo privado ni en lo público, le sorprendí en el almacén buscando los ingredientes para un té que habríamos de compartir con otras compañeras de tertulia; cuando tomé su cuerpo al asalto y ella lo aceptó, incluso sin poder estar segura de que fuese yo quien la acariciaba, y se dejó llevar, disfrutando, sintiendo, acariciando el momento; ahí no hizo ademán de rechazo alguno, nunca se preocupó de si por mi habitación pasaban más personas o no. ¿Cómo podía entonces haberla molestado tanto hoy? Porque había de ser eso; el desorden lo podía haber visto en otros sitios también y seguro que no le había causado tanto rechazo ni pavor. ¿Por qué el desorden de las cosas de mi habitación no le había causado rechazo mientras que su desorden mental con respecto a la posesión de mí sí que lo había hecho?

Ah, que doloroso me resulta ver el poco valor que dan las terrícolas a la compañía. Una persona que me había resultado tan agradable, con la que, en su compañía, había disfrutado de unos días tan estupendos; ahora me rechazaba por sentirme como posesión suya. Pero no como una posesión absoluta, no, era mucho más enfermizo, tan solo le había molestado una parte de mi vida social: la sexual. No sintió miedo alguno, repito, cuando se fue a cocinar un té dejándome con aquellas hermosas contertulias de increíbles conversaciones y capacidad discursiva. No había sentido rechazo cuando habíamos, o yo por mi parte, había compartido desayunos, comidas y cenas, con mis compañeras del piso. No sintió celo alguno en ningún lado, en ninguna ocasión hasta ahora... No podía ser el desorden, ni la compañía, ni mi olor a sudor después del amor, pues de ese ya había disfrutado ella en otras ocasiones. Tenía que ser símplemente verme disfrutar, en esto, con otra persona. Cuanto puede limitar a las terrícolas su educación arcaica si no sintiéndose en competencia con el resto en ningún aspecto de la vida, tienen que sentirlo para con sus congéneres en lo sexual. Que poca confianza en las demás, reflejo de la poca confianza que tienen en sí mismas; que poco valor dan al resto de las personas, a ellas mismas, que poco valor a la compañía que nos hacen esas personas en el noventa y nueve por ciento del tiempo que pasamos con ellas.

Del tiempo que pasamos con una persona el que dedicamos al sexo, no creo que se extienda más allá del veinte o treinta por ciento en Arreit, con lo que, en vista de la distribución temporal que tienen en la tierra y sus prioridades laborales, no creo que sea más de un cinco o quizá menos del total del tiempo en compañía el que disfrutan en ese menester. Sin embargo, no parecen darse la posibilidad de disfrutarlo con nadie más por lo que nos ha explicado alguna vez en nuestras charlas. Eso sí, tan solo en lo sexual, de lo demás se permiten hacer vida social en pos de la libertad personal de cada una y su individualidad. Pero incluso estando en Arreit, donde no tenemos esas mismas costumbres, se auto imponen y tratan de imponernos sus formas. Que injusto. No se tienen justicia ni a sí mismas.

No puedo entenderlo. En nuestro sistema, desde luego no tiene ningún sentido. Pero es que en el suyo, en ese en el que se relacionan por parejas, el hecho de poder salir junto con otras personas a pasear, de fin de semana, a consolar a alguna amiga que tuviese alguna desavenencia con su pareja, a tomar algo, etc. está bien visto, pero no el quedar con alguien para acariciarse y complacerse mutuamente. ¿por qué pensarán que haciendo lo uno fomentan la confianza mutua y que haciendo lo otro se están engañando? ¿Acaso no ven la hipocresía de semejante afirmación? ¿Por qué va a amarte más el que a menos puede amar? ¿Se gastará en la Tierra el amor por uso o o compartirse? ¿Hasta que punto la enseñanza desde la niñez podría cambiar algo estas cosas?

2010/09/20

Labordeta, un fenómeno en muchos sentidos, se ha muerto...

Un tipo íntegro que no se calló nunca ante el fascista:



Un Tio que siempre cantó a  la libertad:


Tan solo una cantidad considerable de gente záfia podrá alegrarse de esta notoria perdida... Te tendremos en nuestras mentes, en nuestro puño siempre que sea alzado al cielo en contra del tirano, en nuestros sueños siempre que imaginemos un mundo libre...

2010/08/20

Recordando la tarde en la Ludoteca

Bajo el marco de aquella puerta, pensativa, empecé por unos minutos a recordar momentos anteriores en los que habíamos estado juntas, preciosos momentos que resultaron hermosos por su sencillez, por su espontaneidad, porque no pudieron ser de otra forma. ¿Qué había hecho que ese momento bajo el marco de la puerta de su habitación le crease un terror tan abismal que lo empujase a separarse de mí?
¿Por qué motivo no sintió ese celo en la ludoteca cuando se fue a hacer el té dejándome con tan interesantes y bellas contertulias? ¿Por qué no se planteaba por qué yo nunca había sentido celo alguno cuando ella iba, venía o hacía lo que le venía en gana?
La verdad es que la de la ludoteca fue una estupenda tarde. Fue increíble como tras varios días con ella, en diferentes sitios y situaciones, finalmente cuando yo tomé la iniciativa y por no esperarselo desarmé su coraza de prejuicios; pudiendo disfrutar así, finalmente, con aquel hermoso cuerpo que me había fascinado desde el día en que entró con mi antigua profesora por la puerta de la cocina de casa. Me gustó ver que se rindió, al fin, a las preocupaciones, al hacerle saber que no tenía nada por lo que angustiarse. Incluso, sin verme, pues no llegó a darse la vuelta hasta que decidimos salir a seguir charlando con nuestras amigas y compañeras de clase, no dio síntomas de tirantez, miedo o repulsa alguna a quien le tocaba; no le importó quien fuese. Sí, estoy segura que me identificó en el susurro de mi voz; pero también estaba segura muchos días antes de que me deseaba y no por eso se relajó ni accedió a mí antes. Además, antes de tratar de decirle nada, ya había acariciado y besado su desnudo cuerpo. En absoluto le preocupó quién era quien a sus espaldas la amaba; no había ningún sentimiento de pertenencia, aquella terrícola no se sentía posesión de nadie y, creía saber sin duda, que no llevaba el tiempo ni la cercanía suficiente como para poseer a nadie.
Ahora estoy segura de que, en el momento en que huye de mi habitación, todavía no es consciente de que en Arreit la posesión tanto de objetos como de personas no es una cuestión de tiempo, sino de imposibilidad. Pero, ¡ah! Las terrícolas siempre tienen que poseer, víctimas de su egoísmo. Egoísmo que, a su vez, les produce celos, por lo que poseen otras, por lo que han de compartir, por lo que sin ser suyo y sin poder serlo, por ser personas, individuales, con identidad propia, desean adquirir. Un límite más. Un muro al rededor de su libertad que las vuelve esclavas de sí mismas. Deben pensar que así están más cerca y por más tiempo de la persona que aman. No quieren ver que cuanto más presas son de sí mismas en ese sentido, menos tienen para decirse, menos para compartir, menos tiempo común para hacer algo juntas. No se dan cuenta que cuanto más posesión son, menos se poseen a sí mismas, a su vida, a su libertad. Es una lástima que entiendan el amor en números clausos.
Aquel día no eramos dos, no eramos ella y yo, eramos ella, yo y todo, todos los personajes, los lugares, las personas. Todo. Todo lo que nuestra imaginación pudo añadirle morbo y placer a ese momento. Sin embargo, ni ella ni yo sentimos que estábamos engañándonos la una a la otra. Tal vez porque estaba en nuestras mentes. Tal vez piensen las terrícolas que al no verse, no palparse, no pueden ser acusadas de engaño. Maldita doble moral la de las terrícolas. Si se vé está mal, sino, dicen eso de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Tan solo se engañan a sí mismas. A nosotras en Arreit no nos da por eso. Desde luego, cuanto más hablo con ella, cuanto más discutimos entre mis conciudadanas sobre sus comportamientos, sus costumbres, más nos gustan las nuestras. Nunca nos inmiscuimos en la vida de nadie, no lo necesitamos, nunca coartamos la libertad de ninguna otra de nosotras, no nos hace ninguna falta. ¿Por qué no pueden sentir ellas esta no-necesidad?
Cuando volvimos del almacén a la mesa con las demás contertulias, tras una breve conversación sobre lo sucedido empezamos a hablar sobre las relaciones interpersonales. Ella nos comentó que en su planeta, la forma más habitual de relación era por parejas, es decir, de dos en dos. Por lo visto las relaciones interpersonales en las que pudiera darse una relación sexual que se apartase lo más mínimo de las caricias que pudieses dar en el día a día, debían ser en pareja. Si no los celos, los miedos, los tabús solían aparecer.
Incluso, basándose en esa pertenencia sexual dual, las relaciones de convivencia que establecían eran también en pareja; siendo de este mismo modo gran parte de sus relaciones sociales posteriores. Es decir, una vez se conformaban en parejas para la convivencia, generalmente era así, en pareja, como se socializaban, como conocían a otras parejas, a otras personas, ya fueran del trabajo de una u otra parte del dueto, o bien otras progenitoras de las que acompañaban en los centros de aprendizaje a sus hijas. A mi me maravillaba su sorpresa cuando le explicábamos que, como hasta ahora había podido observar, aquí las relaciones las establecían las personas. No existían instituciones conformadas por grupos de personas que condicionasen la prioridad del individuo en el sentido de la relación, como parecía pasar en La Tierra; al igual que no se daba prioridad a ninguna institución pues la comunidad la conformaban las individuas que allí cohabitaban y que eran las prioritarias para el interés común, pues todas las demás eran tan importantes como una misma. Era un principio básico, el de la “empatía” como se empeñaba en llamarlo la terrícola y que, para nosotras, no tenía nombre. Simplemente era así.
De igual modo, era extraño, la necesidad que tenían las terrícolas de afianzar y controlar esas parejas que establecían. Nos contó que incluso tenían que dejar constancia escrita de aquel acuerdo contractual y que, originalmente, era de por vida. ¿Cómo podía saberse al crear una relación si sería de por vida? ¿acaso no era condicionar el fluir de la relación el establecimiento de cuando debía o, incluso, si podía terminar o no? ¿Por qué? ¿Para qué? No obtuvimos respuesta, la verdad es que creo que ni siquiera a aquella extranversa le parecía algo lógico.
En cuanto a la educación de la progenie, ¿por qué habían de reducir a dos los educadores cuando toda la sociedad podía enseñarles cosas interesantes a sus hijas? No sería la primera vez que aquella terrícola viese a alguien haciendo un agujero, dejar de hacerlo porque alguna o varias niñas le preguntasen qué y por qué estaba haciendo lo que hacía. Todas, siempre, tenían tiempo para dejar lo que estuviesen haciendo y explicar a las demás porqué lo hacían. Y cuando se refería al cuidado, si entre nosotras hacíamos comida y nos deleitábamos haciéndola y compartiéndola entre nosotras ¿cuanto podría costarnos compartirla con sus hijas estuviese o no quien la parió delante? ¿Acaso el comer con gente diferente no las ayudaba a determinar un patrón de comportamiento que no desagradase a ninguna? ¿qué sino eso es aprender un comportamiento cívico? ¿cómo se puede aprender civismo sin ciudadanas? ¿cómo se pueden aprender conductas sociales en solitario?
Ellas se empeñan en enseñar reglas a sus hijas previamente y esperar que al socializarse, al encontrarse en las situaciones que en casos supuestos les enseñaron, las empleasen y respetasen. No deben entender la validez de que se vean en cada situación viendo las demandas sociales de cada momento. Tal vez sea de ese mismo modo como aprenden a socializar en pareja. Sí, seguramente sea por ver ese ejemplo desde pequeñas, por lo que lo reconstruyen, seguramente porque se les habla de lo idílico de cada situación, de la perfección de ellas. Deben estar haciendo lo mismo en todos los sentidos educativos. Pero... ¿quién les habrá metido en la cabeza de que lo perfecto es deseable? Y ¿quién o qué les habrá hecho creer que lo que ellas creen perfecto realmente lo es? Desde luego la perfecta, la ideal de sus sociedades, no parecía tener mucha lógica para nuestra forma de entendernos como sociedad.
Recuerdo que al llegar a este punto de la conjunta reflexión que hacíamos mediante una interrogante discusión con una ser de una cultura tan diferente, alguien le espetó:
- Entonces, si en vuestra sociedad mantenéis relaciones sexuales en pareja, convivís en pareja, educáis en pareja, etc. ¿Cómo es que, como has comentado algunas veces, una parte de la pareja se escabulle para ver a otras amistades? ¿Cómo es que mandáis a vuestras hijas a la escuela a que sean educadas en entornos sociales de más de dos? ¿Cómo es que se dan relaciones extra matrimoniales?
- Mmmm... Bueno, claro que se dan. No sé la verdad. Nunca entendí el valor de la pareja como ente cerrado. No sabría que responderte la verdad.
- Empiezo a pensar que solo tú que estás ahora aquí con nosotras, que has llegado hasta aquí en el camino, podías conseguir llegar a Arreit. Sobre todo, en vista de que la gente de tu planeta parece que no fuese capaz de vislumbrar el valor de hacer las cosas de un modo diferente al que tradicionalmente han hecho.
- Si hemos de ser sinceras, aquí, por lo que yo recuerdo de lo que cuentan nuestras antepasadas y recogen las bases de datos y textos antiguos, que nuestra sociedad tenía cierto símil con la vuestra. Pero hace muchísimo de eso... tampoco sabría decirte en qué momento aquello empezó a cambiar. - Me vi obligada a decir en vista de la cara de frustración que empezaba a dibujarse en la cara de aquella que, sin estar de acuerdo con lo que su sociedad marcaba, parecía sentirse muy lejos de ella en ese momento, casi parecía añorarla al sentirse sola explicando algo que le resultaba tan ajeno a la vez que familiar.
- Sí claro, en todos los lados, continuamente, se va evolucionando, es ese exactamente el significado de esa palabra. Pero, de todas formas, no tengo muy claro que tal y como ella nos dibuja la sociedad terrícola pueda llegar a ser algo parecido a la nuestra. Sobre todo cuando la gente allí parece no querer mirar más allá de su propio ombligo, cuando tienen tanto miedo unas de otras que no pueden compartir la comida, cuando siente la necesidad de engañar a quienes aman para no hacerles daño, pues socialmente no les está permitido hacer lo que individualmente desean. - Volvió a sugerir la misma y a lo que otra respondió:
- Bueno, en mi opinión, cualquier sociedad, al igual que cualquier persona y, sobre todo por estar compuesta de ellas, tiene la capacidad de evolucionar hacia donde ellas y sus mentes sean capaces de hacerlo. Y, normalmente, sus mentes evolucionan hasta donde su imaginación es capaz de llevarles. Siendo necesario, únicamente unas pocas veces, un pequeño empujoncito. Pudiera ser que volviendo ella a La Tierra lo hiciese posible.
- ¿Cómo iba a ser yo capaz? - Preguntó la preciosa terrícola con un tono dubitativo.
Sin embargo, yo estoy segura de que, pese a la pregunta, ella vio en ese momento la necesidad de volver, pesase lo que le pesase abandonar nuestro planeta. La vi completamente sumida en sus pensamientos a partir de aquel comentario... nosotras seguimos discutiendo un rato más sin que volviese a participar, pero sin sus comentarios, nuestras ideas no distaban tanto como para continuar aquella discusión. Tuvimos que dejarlo y volvernos a casa. Además, ya había empezado a caer la noche.

2010/08/09

¿Quién llama a mi puerta?


El sudor recorría nuestros cuerpos, mezclándose con nuestra saliva, con nuestras mieles. Horas llevábamos tendidas en los diferentes rincones de mi cuarto; tranquilas, sin prisa, pues esa semana ya habíamos decidido, ambas, que no sería el trabajo lo que nos hiciese posponer el cariño que nos profesábamos. En momentos de profundo amor se obtienen las conclusiones más objetivas, más razonables, por poco creíble que le resulte al resto de la gente. Esa semana el trabajo no primaría en nuestras vidas.

El cuarto, normalmente ordenado, con las pinturas en el interior de sus botes, el cuadro que estuviese pintando en su caballete, cada libro en su precisa parte de la estantería, cada prenda en su balda o armario, ahora estaba en un absoluto y descontrolado desorden fruto de la pasión con la que nos habíamos estado amando. Las pinturas que manchaban las ropas que habían quedado desperdigadas por el suelo se podían ver manchadas de colores vivos; colores de los que se solían componer mis cuadros y del que ahora formabamos parte.

El color rosáceo del sol que al atardecer entraba por mi ventana hacía aun más pintoresca, quizá más personal, la estampa momentánea en la que nos hallábamos sobre mi cama, besándonos. Habían pasado bastantes horas desde que abandonamos la silla de mi escritorio, el bordillo de la ventana o la estantería de los libros. Horas desde que habíamos dejado la suavidad de la alfombra de finos pelos que habían acariciado nuestras espaldas y rodillas y que se hallaba ubicada entre todos esos lugares; siendo ella el nexo de unión de todos ellos, por la cual había que pasar inexorablemente para llegar a amarse en otra superficie. La cama era cómoda, de hecho estos últimos y tiernos besos y placenteras caricias tenían lugar sobre ella; pero no era el único ni el mejor de los sitios, era diferente.

Tendidas plácidamente, ella aprovechaba para hacer observaciones sobre las maravillas de mis manos, de mis pechos. El dulzor de mis mieles y de mis besos. Ensalzaba el color y el brillo de mis ojos como si fueran algo superior a lo que hubiera visto anteriormente. Esgrimía con adulador acierto las palabras con las que me hacía sentir como una diosa. Parecía que estuviese hablando de las míticas deidades griegas entre las cuales parecía ser yo Afrodita. Pero lo más curioso de toda aquella tierna y seductora situación es que quien me lo decía era, a mis ojos, la persona más hermosa que, nacida en este planeta, yo hubiese podido imaginar. Lo cual, en vista de que la hermosura en sí misma elogiaba mis encantos como si de los suyos hablase, me hacía sentir todavía mucho más especial.

Era realmente extraño que la conociese únicamente desde el fin de semana anterior, no más de cuatro días, y ya nos sintiésemos tan sumamente agradecidas de habernos conocido, de habernos dado la oportunidad de hacerlo. Por mi parte de invitarla a casa, lo que fue un acierto, todavía no habíamos encontrado un motivo para salir de ella.

Ahora fundíamos todos esos agradecimientos y enternecedores recuerdos mutuos de esos días en un interminable beso que nada podría... “plok, plok, plok” oímos a nuestros pies. Nunca antes habíamos oído ese sonido en mi casa, nunca antes en la puerta de mi habitación. ¿Quién y por qué estaría dando golpes en mi puerta? Nos miramos sorprendidas tras interrumpir súbitamente nuestro beso. Me levanté dubitativa, sin entender qué motivo podría llevar a alguien a golpear mi puerta, a invadir mi tranquila privacidad. En años de compartir piso nunca antes nadie había hecho tal cosa, a nadie de quienes habían vivido conmigo se les había ocurrido antes hacer algo semejante. Aunque claro, podría ser esa última persona que se mudo aquí tres semanas antes; la misma que tras, inconscientemente, invitar a mi profesora a dejar la ciudad en busca de nuevos caminos, había ocupado su puesto en casa y en clase. Esa persona que tan diferentes costumbres tenía y con la que había estado viviendo un hermoso romance desde poco después de que llegara. Creo que en el fondo de mi subconsciente o en la superficie de mi consciencia quería que fuera ella. Hacía más de una semana que no la veía.

Giré el picaporte de la puerta que nunca estaba completamente cerrada, pues no había cerradura o pestillo en ella que hubiese hecho falta, ya que nunca nadie había golpeado o intentado entrar antes. A medida que, no sin dudas, iba abriendo la puerta, fui viendo como asomaba su rostro, siempre tierno y sonriente, siempre despreocupado pero atento, curioso, ávido de saber, de conocer, de querer. Al ver que realmente era ella, pude sentir que una gran sonrisa se dibujaba en mi cara, junto a un calor repentino y de corazón que me impulsó a sus brazos. Aquella majestuosa y altermundana figura que me abrazaba haciéndome sentir querida una vez más, segura y protegida entre sus brazos. En ese mismo instante mis labios buscaron los suyos fundiéndose en un ciego y apasionado beso. Yo cerré los ojos, con suavidad, concentrándome en su abrazo, en su lengua; en como todo su cuerpo me envolvía.

Pocos segundos duró. Debió ser al abrir los ojos y sorprenderse por alguna cosa que vio, pues sentí como su cuerpo se estremecía mientras cortaba el beso y se ponía rígida.

- Pero...- Exclamó en ese preciso momento.

Yo, sin saber a qué se refería, al echar hacia atrás el cuerpo a fin de encontrar con mis ojos los suyos, pude observar, resultando increíble, como le cambió el gesto. Giré mi cuerpo para ver que podía haber visto tras de mí que le sorprendiese tanto. Busqué con la mirada por la habitación; salvo el desorden y los colores mezclándose por el suelo, no había nada que no hubiese estado allí antes. Bueno, tan solo mi amiga, pero eso a nuestra repentina visitante no tenía porque importunarle, era yo quién había estado en esa cama disfrutando, no sufriendo, y en nada le implicaba. ¿O sí?

¿Cuales eran los límites de aquel ser a quien nunca había sentido como una forastera? Hasta ese instante en que más que foránea fue ajena a sí misma, a su paz, a su luz... ¿Qué fue de la grandiosa figura? Que diferente había de ser la educación que habíamos recibido una y otra, si donde ella veía algo que la asustaba, yo estaba viendo a mi amiga, mi amante. La misma amante, la misma amiga, que en distinto cuerpo había descubierto al abrir la puerta. ¿Por qué, si quien estaba plácidamente en la cama no se importunó porque besara y abrazara a la recién llegada, había de importunarse esta última por ver que no era ella la única con la a ratos compartía mi cuarto?

“¿Por qué tanto sentido de pertenencia? ¿Por qué otro ser habría de atribuirse como suyos los sudores de este cuerpo efímero que habito por tiempo limitado, de este cuerpo finito que solo transito, por qué habría de atribuirme yo los sudores de su cuerpo, las miradas de sus ojos? Sería una condena. ¿Qué tiene para ofrecer una vida consagrada, más que vivida? Ah, las terrícolas necesitan poseer, y ser poseídas. ¡No lo comprendo! Allí estaban sus ojos, desconcertados entre sorpresa y rechazo. Los mismos ojos que se maravillaban y ávidos parecían devorar los rincones de mi planeta, y los míos propios, ahora hechos un mar de confusión, ahora que se enfrentan a la no complacencia de sus expectativas, huyen, como sus labios de los míos, y aquella espalda ciega que recorrí con mis manos, que bañé con mis cabellos y mis mieles, la misma espalda ahora se convierte en un inmenso muro al virarse para desandar su camino hasta aquí”.

Abrazándola nuevamente acerqué mis labios a los suyos besé sus, ahora, temblorosos labios. Los sentía lejanos, ajenos; desde luego no eran los mismos labios carnosos, suaves y cariñosos que estas semana atrás había estado besando. Un cosquilleo recorrió mis brazos y piernas al sentirme besar a una persona que, en este momento, me resultaba desconocida. Retiré mis labios sin retirar mi cara, dejándolos a escasos milímetros de los suyos, tratando de averiguar si ya no deseaba volver a besarme, a mí que sé que me había amado como nunca amó antes.

Finalmente, me dio un corto beso, se volvió y sin prisa pero sin mirar atrás se marchó hacia la cocina. Ahí quedé unos minutos, pensativa, tratando de entender en qué podía basarse su malestar por mi situación; en qué se suponía que ello le afectaba y cómo. Habría de hablarlo con ella si pretendía entenderlo, aprender más de sus costumbres, sus tabús.